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LITERATURA INFANTIL / juvenil
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 el CASTILLO
DE LOS GUERREROS SIN caBEZA
El miedo es una
perturbación de nuestro ánimo que nos produce
angustia y, en un principio, su finalidad más ancestral
es librarnos de un daño real e incluso salvarnos la
vida. También existen esos miedos imaginarios, esos
temores, a menudo impuestos para provecho de otros, o las
fobias a las cosas más extrañas e incomprendidas
por los demás. Pero el miedo que nos gusta pasar
escuchando historias narradas o leídas, ese miedo que
disfrutamos y del que muchos autores han conseguido elevarlo a
arte, es el que os presento en este libro.
¿Te atreves a pasar miedo
de verdad? ¿No te asusta indagar en leyendas de
castillos, conventos abandonados, casas que no existen o
cementerios malditos?
Álvaro, Cris, Belén
y David, la pandilla de Los Sin Miedo, te están
esperando con sus terroríficas aventuras.
Cerca del pueblo en el que
veranean Los Sin Miedo se alza un castillo rodeado de un bosque
envenenado. Según cuentan, nadie puede cruzarlo con
vida. ¿Cuál es su causa? Y sobre todo,
¿por qué? ¿Qué ocultan sus viejos
muros de piedra?
Su autor, José María
Plaza, periodista y escritor burgalés, maneja con
maestría todos los ingredientes necesarios para que los
pequeños disfruten y pasen un buen rato de miedo con un
final feliz.
Título: El castillo de los guerreros sin cabeza.
Autor: José
María Plaza.
Ed.:
Edebé
Recomendado a partir de diez
años.
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Mauro Almisas
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Sor
Juana Inés de la Cruz, El prematuro feminismo mexicano
En clara consonancia con la situación del
feminismo actual, esta escritora mexicana pasó un
peculiar calvario para alcanzar el parnaso. Precoz lectora con
sólo quince años había devorado los
quinientos volúmenes de la biblioteca de su familia y su
voracidad cultural no iba a quedar marginada por una boda
concertada cuando sólo era una niña. De modo que
a los dieciséis hubo de ingresar en una orden religiosa,
único camino entonces para evitar el matrimonio y la
postración a un segundo plano en la vida social y
cultural.
Luchó como nadie por la
presencia de la mujer en la cultura, la ciencia, la
filosofía y en todos los terrenos que entonces estaban
vedados a las mujeres. Para ello hubo de usar
pseudónimos literarios, no sólo como un
técnica estilística sino para salvar su vida de
la hoguera de la Santa Inquisición.
La mujer no alcanzaría el "alma" hasta
bien adentrado el siglo XIX. Según los sabios de la
época, un ser que pierde sangre cada mes no podía
tener un alma como la que tenía un hombre y por lo tanto
estaba limitada por naturaleza a traer niños al mundo.
Sor Juana no sólo demostró lo contrario, sino que
además lo hizo en pleno siglo XVII, con lo que de
valentía supone. Heroicidades aparte, su vocación
literaria e intelectual le sirvió para entrar en
disputas de hondo calado científico, componer
música, escribir poesía, teatro, y realizar
experimentos.
Su entrada en la orden de San
Jerónimo le permitió todo el tiempo y el silencio
requeridos para el estudio profundo y acertado de muchas
disciplinas, además de abrirle paso a un círculo
de intelectuales que muy a menudo pasaban por su celda. Carlos
de Sigüenza y Góngora, pariente del poeta
cordobés, Tomás Antonio de la Cerda, virrey de
México, y Luisa Manrique de Lara, mujer de éste,
y muy íntima amiga de Sor Juana. Su celda se
había convertido en un Ateneo Cultural y lugar de
referencia para la historia de la literatura escrita en
español. Todo un ejemplo de firmeza y de vocación
intelectual. Un brecha abierta en el monolítico mundo de
los hombres.
PÉREZ AMADOR. LA ascendente estrella. Estudios
dedicados a Sor Juana Inés de la Cruz. Ed. Plaza,
Madrid, 2005
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José
Antonio Segura
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Corsarios en el estrecho
"Los señores del viento".
Mario L. Ocaña Torres.rdeditores, 2008
La pasión por la novela histórica,
unida al gozo por la literatura del mar, pueden ser un
cóctel anestesiante para muchos sinsabores y penas
de la vida, para muchas soledades y a la vez, ser un
magnífico pasaje para muchos ratos en los que uno
quisiera estar en otro tiempo, en otra parte. Ya en otras
ocasiones hemos mostrado estas humanas debilidades y por ello,
nuestros lectores han tenido la ocasión de saber de mi
devoción por Patric O´Brian, Stevenson, Diana
Souhami, Conrad, Forester, Alexander Kent, London y unas
cuantos buenas personas más a las que uno tiene mucho
que agradecerle por tantos y tan buenos momentos.
Amigo de mis amigos y por lo tanto, nuevo
buen amigo, acabo de conocer a un autor que, sin miedo a ser
demasiado subjetivo por lo anterior, incorporo a mi
galería de autores favoritos. He leído estos
días pasados, de lujuria consumista, con miserables
sorbitos cortos por alargar el placer, la novela "Los señores del viento", del algecireño Mario Ocaña.
En una de las obligadas pausas de
su lectura, que otros placeres tiene también la vida,
recordé una interesante discusión mantenida con
la desgraciadamente desaparecida Duquesa de Medina Sidonia,
Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo. En medio de
una entrevista, realizada meses antes de su fallecimiento entre
los legajos de su magnífico Archivo,debatimos entre
novela histórica si y novela histórica no.
Ella las rechazaba en general y yo las defendía
como una herramienta cómoda para conocer nuestro pasado
y acercar al gran público a la literatura. Evidentemente
yo defendía a los autores de contrastada solvencia y
ella, quizás porque cité "El rey de las Almadrabas" de Carlos Algora Alba, novela en la que sus
antepasados no salían muy bien parados, mantenía
firmemente que en general se trataba de un género menor
y poco edificante.
Patric O´Brian contaba
una vez que para escribir su magnífica serie de novela
naval histórica no había tenido que imaginar gran
cosa, porque la realidad superaba en muchísimas
ocasiones a nuestras fantasías. Su principal fuente de
inspiración había sido la Biblioteca del
Almirantazgo británico. Mario
Ocaña publicó en
1993 "El corso
marítimo español en el Estrecho de Gibraltar
(1700- 1802)" -de
inminente reedición por esta casa- y no se tuvo que ir
tan lejos para fundamentar la novela que hoy comentamos. En el
Archivo Notarial de Protocolos de Algeciras encontró la
documentación necesaria para que nuestros corsarios del
Estrecho casi fuesen de carne y hueso, completamente
creíbles. Si siempre pensamos que corsarios, bucaneros y
piratas eran iguales, Miguel Guilabert, el protagonista de
"Los señores del viento", nos lo desmiente y
si siempre pensamos que esos estereotipos eran feroces
pelirrojos, aquí se nos demostrará que muchos de
nuestros vecinos bien podrían ser descendientes de los
que una vez controlaron las aguas de Estrecho, dando jarabe a
todo el que no fuese amigo del rey o sospecho de ser enemigo de
la Nación.
La Habana, el Caribe, nuestras
aguas. Los Alcornocales, la Bahía de Algeciras, la
renaciente ciudad tras la perdida de Gibraltar … La lucha
entre el absolutismo despiadado e inquisitorial y las ideas del
librepensamiento y la ilustración. El despotismo y la
solidaridad, el odio enfermizo y el amor siempre reparador
… la novela, con momentos auténticamente
trepidantes -las "navegaciones" están narradas
con una maestría más propia de un buen marino y
un perfecto conocedor de estas costas que de un ratón de
biblioteca-, se nos queda corta porque está muy bien
escrita y porque la trama está elaborada tan
correctamente que, a veces, queremos saltarnos lo que estamos
leyendo para saber más de lo que está pasando.
Sin duda, estos datos y su solvencia científica y
personal, son lo suficientemente significativos como para
pedirle al autor mucho más de lo mismo.
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Eduardo Albaladejo
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